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Benjamín
Galemiri: elaborando el duelo desde
la ausencia en Edipo asesor(1)
Por Francesca Accatino Scagliotti, Actriz
(Publicado
en Revista Teatro Apuntes, Nro. 125, año 2004, Escuela de Teatro
de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Tesis y memoria
de grado, Págs. 88-98)
"El
concepto de la culpa me invade durante todo el día. Amanezco
sintiéndome culpable, y a través de las acciones
y sobre todo de las palabras, intento sentirme inocente, hasta
que otra vez la culpa bíblica se instala en mí."
Benjamín Galemiri(2)
Las palabras de Mario Benedetti Pero nunca será. Tú
no eres ésa, yo no soy ése, ésos, los que fuimos
antes de ser nosotros, resumen lo que ha sido mi relación
con el teatro. Ese nosotros, esa compleja, a veces incómoda,
silenciosa, esa reflexiva relación, ese hermoso ritual que
es un tremendo acto de fe mutuo. Cuando tuve que hacer mi memoria
para titularme de actriz, me dije quiero devolverle la mano al
teatro, quiero generar algo con lo que ha despertado en mí.
Sabía que quería escribir sobre el teatro chileno
actual, pero sobre algo que se conectara con ese nosotros
íntimo. Con ese nosotros que se había generado
no sólo desde la emoción sino que desde un acto de
reflexión sobre qué sentido le veía al hacer
teatro en el Chile de hoy. Yo espero que el teatro sea capaz de
remecerme zonas internas, a veces dormidas, ignoradas, anestesiadas,
desconocidas. Entonces me hacía las preguntas que quería
que el teatro me respondiera: ¿A qué debería
apuntar el teatro hoy? ¿Qué vacío debería
llenar? ¿Qué ausencia debería suplir? ¿En
qué duelo nos debería orientar? ¿Qué
herida debería sanar?
Y el teatro me respondió con diversas obras estrenadas en
Santiago el 2001: Edipo asesor, de Benjamín Galemiri
en dirección de Luis Ureta; De perlas y cicatrices,
adaptación de las crónicas radiales de Pedro Lemebel
y dirección de Rodrigo Muñoz; La huida, autoría
y dirección de Andrés Pérez y El desvarío
de Jorge Díaz, en dirección de Alejandro Trejo. Sólo
después de vivir esas experiencias que lograban despertar
ese nosotros, tuve la certeza de que lo que unía a
esas obras era un profundo cuestionamiento sobre la memoria y la
identidad. Entonces, las palabras antropología y contingencia
empezaron a resonar en mí ya que creo a ojos cerrados que,
en la medida en que el teatro reflexiona en las grandes preguntas,
sólo en esa medida nos logra conectar con el origen al que
aspira esta tendencia antropológica en la que centré
mi memoria.
Esto
me llevó a deducir que había una nueva búsqueda
que se alejaba de las tendencias sociológicas imperantes
entre los 60 y los 80, para así sobrepasar la llamada memoria
básica(3) del país- referida
a la Unidad Popular y a la dictadura militar-. Descubrí en
estas obras un proceso de ligarse a lo ontológico, a los
códigos de la memoria colectiva, al ahondar en la unicidad
de la condición humana y en las fuentes de nuestro inconsciente.
Al indagar en el ser y su sentido.
La identidad, la defino según la interpretación de
Pedro Morandé(4) , de la que
desprendí que se relacionaría a un acto ritual, referido
a la representación que socialmente actuamos, a la forma
o manera en que representamos nuestra diferencia con la naturaleza.
La identidad es el núcleo desde el cual me transformo y me
diferencio.
En este sentido, al tocar el tema de la identidad, fue básico
para mí hacer un viaje y adentrarme en la contingencia nacional
de los últimos años (1998 - 2002), en lo que llamé
una radiografía del chileno del nuevo milenio. Este viaje
me permitió tener más claro, qué puntos
de nuestra identidad son claves para lo que es la función
primaria del teatro: (...) un ámbito para percibir y revivir
la historia del ser humano, ya que, como espacio sagrado, permite
regresar a los orígenes, dar vida en la actualidad a una
realidad anterior o intemporal para dilucidar las interrogantes
que son propias del ser humano: la vida y la muerte, el amor y el
odio, el principio y el fin de la existencia. El teatro intenta
buscar en los sueños más profundos de un pueblo, aquella
verdad que los refleja como seres únicos que obedecen a ese
instante primero y único donde se expresan los sentimientos
y se vive el rito(5).
El teatro, por medio del rito, nos reubica frente a nuestras coordinadas
fundamentales y nos permite elaborar nuestros duelos. Es así
como la función catártica del teatro nos conduciría
a poner en comunión al hombre con el hombre por medio de
la re-presentación de su psiquis, de su arcaísmo,
de su naturaleza. En torno a esto me hago nuevamente la pregunta:
¿Cuál es el duelo de hoy? ¿A qué duelo
debería apuntar el teatro chileno actual?
Pienso que el duelo de hoy surge del vacío, de la ausencia
de significados. El proceso de agotamiento de la razón se
traduce en una frustración, al entender el ser humano que
no puede controlar su entorno ni explicarse la vida en términos
trascendentales. Esta conciencia de finitud y por consiguiente del
vacío de la vida, le provoca una sensación de angustia
frente a un mundo cuya complejidad se le escapa y que es saciada
con el síndrome de la inmediatez, de la proliferación
material en una cadena de producción y de consumo. Y nos
vamos olvidando que tras de ese espejismo nos siguen acosando los
mismos males, la misma muerte detrás de esa ilusión
de vida eterna y robotizada: siguen estando ahí la pobreza,
la injusticia, las violaciones a los derechos humanos, el hambre,
la discriminación, el racismo...y se multiplican las cajitas
felices, cajeros automáticos, celulares, mascotas virtuales,
automóviles, puentes y cruces, líneas de metro, edificios,
semáforos parlantes, cámaras de vigilancia, cobradores
humanos e inhumanos, miles de nuevas marcas inútiles, malls,
equipos de última generación...y nos seguimos evadiendo
y nos da terror cualquier cosa que vuelva acercarnos al sentido
y que nos haga sentir limitados. Este escenario nos lleva a alejarnos
cada vez más de nuestro origen, de lo esencial y termina
por desestructurar la identidad del ser humano, cayendo en una especie
de amnesia ontológica.
Es así como la pregunta por la propia identidad aparece como
vital y ha recorrido gran parte de la línea evolutiva de
la historia del teatro chileno, lo que se traduce en un constante
rescate de la memoria en pro de una búsqueda de una identidad
nacional, ya sea adoptando la forma de teatro testimonial, de teatro
de recuperación histórica, o de teatro de denuncia
propiamente tal; ya sea en forma directa o en forma simbólica.
En las ya nombradas obras que analicé en mi memoria, también
existe este afán de elaborar lenguajes y códigos teatrales
que permitan reconocer el lado oculto y silenciado de la realidad
y establecer, por medio de esto, una conexión con nuestra
identidad (tanto ontológica como chilena). En estas
obras sus autores nos proponen caminos desde donde trizan el lenguaje
(...) para establecer grietas dentro de él por dónde
encontrar la naturaleza humana, más allá del individuo
(...) Aquella naturaleza humana que nos unifica, más en el
dolor de la ausencia que en la contemplación de la presencia(6).
No es un camino fácil, porque implica primero chocar de frente
con la propia identidad, para desde ahí desangrarse, dejarse
entrever en las angustias de los personajes, dejarse manosear de
nuevo por los mismos miedos y culpas.
Cada uno de estos autores (Galemiri, Lemebel, Pérez, Díaz)
nos propone caminos de reconstrucción del Chile exitista,
arribista, hipócrita y desmemoriado que, antes que jaguar,
más se parece a una lombriz del Cono Sur, con gafas raiban,
jeans americanino, personal stereo y a pata pelá(7).
Me centraré en esta síntesis en Edipo asesor,
de Benjamín Galemiri, montado por la Cía. La Puerta,
porque fue la primera que generó en mí estas interrogantes
y la que me incitó a un análisis más amplio.
Edipo
asesor y las faltas trágicas de Chile
En
este montaje de Edipo asesor la transpolación entre
códigos ontólogicos y nacionales tiene como punto
de partida la re-contextualización del mito de Edipo: sus
códigos nacionales nos permiten hacer el vínculo con
nuestra identidad y elaborar así nuestros duelos (el hijo
huacho, el incesto, los detenidos desaparecidos, el vacío
del discurso político, la lucha de clases, la depresión
y la neo-bulimia como la llama Galemiri, etc.).
Galemiri nos presenta la historia del rey Saúl que contrata
al legendario asesor Oziel para que se haga cargo de los asuntos
de Estado. Lo que el rey no sabe es que el nuevo asesor es su hijo
huacho al que arrojó a las aguas del río Mapocho,
y que ahora vuelve para vengarse. Detrás de la emergente
relación del rey con su nuevo asesor, se tejerá una
conflictiva red de fuerzas en pugna, que protagonizarán los
desplazados Judith -la amante del rey- y Jeremías, el que
antes era asesor del rey y que fue rebajado al cargo de asesor de
asesor del rey, y que a su vez, es amante de Judith. El plan de
venganza lo llevará a cabo Judith, la que por medio de la
seducción y el sexo, conducirá a Oziel a la perdición.
Jeremías grabará en una cinta la relación sexual
de Oziel con Judith y luego la llevará al rey, el cual al
enterarse que Oziel tiene relaciones con su amante lo destituirá.
Finalmente, Oziel cumplirá su misión: mata a su padre,
pero éste, antes de morir, le hace una espantosa revelación:
Judith es su madre. Al conocer esta noticia, Oziel se quita la vista
y se pasa el resto de su vida en terapias para reconstituir su quebrada
personalidad.

Edipo Asesor, de Benjamín
Galemiri. Dirección: Luis Ureta. Cía. La Puerta. 2001
Es así como en Edipo asesor Benjamín Galemiri,
asumiendo un papel de terapeuta, busca curar, expiar y elaborar
sus heridas, miedos, duelos y culpas, y los de la sociedad chilena,
por medio de su teatro. En Edipo asesor vemos que Galemiri
insiste en sus temas: la ausencia del padre, las faltas del hijo
respecto del padre y la retórica constituida en abuso. También
está la violencia en la que se cae por alcanzar el poder
y toda la maquinaria de sexo que se despliega en las relaciones
humanas. En relación a esto, dice Galemiri: Veo la política
desde una perspectiva erótica. Veo el erotismo desde una
perspectiva política. El día que el hombre y la mujer
depongan su lucha por el poder al interior de la pareja, esta sociedad
mejorará. La vida sexual de las mujeres y de los hombres
es el sustento filosófico de nuestra conducta de poder en
nuestras sociedades(8) . Todo esto se
desarrolla en un mundo patético y falso, donde se ironiza
sobre Internet y la llamada aldea global. Incluso el rey
tiene dibujada una aroda en su nuca con un ojo al medio.
¿El tercer ojo? ¿La sabiduría?
Esta mezcla de política y sexo se ve apoyada por la presencia
del Coro, que pareciera ser un trío de esclavas del placer,
sadomasoquistas y voyeristas, que participan activamente de la acción,
dándole un tono erótico a la obra.
Es claro que el teatro de Galemiri nace de preguntas referidas a
la retórica, a la capacidad del lenguaje para engañar,
para mentir y al vacío del discurso imperante. ¿Cómo
creerle a un rey como Saúl que le pregunta a su asesor Oziel
algo tan carente de sentido como: ¿Cuándo es el
momento indicado para declarar la guerra, declarar a los cuatro
vientos que estamos en guerra guerreando lo que la guerra hace,
cuándo es? (¿Bush?)
Galemiri, a través de la antinomia, nos muestra lo contrario
a lo que aspira -personajes y acciones falsas, en las que prima
el engaño, la seducción y las apariencias- y logra
hacer un retrato del mundo político chileno, del juego de
poder y de falsas apariencias en el que todos estamos metidos. En
la pugna de poderes, Oziel alcanza un insospechado poder sobre la
base de lo que es central en la obra: la retórica de la palabrería
pública y privada, que le sirve para crear una idea vacía
del país, apoyado en frases clichés y palabras huecas.
A través de Edipo asesor, Galemiri denuncia que estamos
inmersos en la maqueta de un Chile construido sobre bases falsas.
Como lo escribe la investigadora teatral Magaly Muguercia: Tomar
la materia trágica de Edipo y darle una consistencia tan
lujuriosa, tan de payasada y anomia, poner a la vista tanta imposibilidad
de ser y conocer, es, obviamente, sospechar que el Chile de tecnología
de punta oculta a otro país, patético y mal resuelto(9).
Lo que Galemiri nos plantea frente al tema de la identidad, es que
necesitamos recuperar un espacio de introspección en nuestras
vidas -de aquello que carecen sus superficiales y vacíos
personajes- ; y por lo tanto, pretende que a través de su
teatro, la entretención -que para él es el canal de
la angustia- nos enfrentemos a esa serie de cosas que andan sueltas
pero que no queremos ver juntas. Y así, en un proceso de
aceptación y limpieza de nuestras impurezas, de nuestras
mugres sociales, seamos capaces de elaborar nuestros duelos. Y frente
a este doble discurso nos queda claro que, como chilenos y teatristas,
deberíamos enfrentarnos a esos hechos oscuros de nuestra
historia, exigir justicia, para así dejar de fingir, dejar
de ser un falsa sociedad que se hace la lesa frente a los problemas
urgentes y se sumerge en falsos discursos teñidos de los
males de los nuevos tiempos de la globalización: individualismo,
egoísmo, éxito, dinero. Mañas del nuevo milenio
que parecieran hacernos olvidar que, para ser una nación,
primero debemos llegar al origen de nuestros dolores y crecer a
partir de la verdad, del encuentro con el otro. A partir de la justicia,
de la memoria y si es posible del perdón. El mismo perdón
que reclama Galemiri frente a su culpa y la de sus personajes.

Teresa Hales y Nono Hidalgo en Edipo Asesor,
de Benjamín Galemiri.
Dirección: Luis Ureta. Cía. La Puerta. 2001.
En Edipo asesor, desde la tragedia nos plantea la crueldad
del destino y la angustia, que como ya mencioné, nos provoca
la inevitabilidad de éste. Reclama misericordia frente a
nuestras faltas trágicas y nos abre su teatro como
un espacio catártico, en el cual podremos enfrentarnos a
nuestras culpas aunque sea entrecerrando los ojos para no
quedar encandilados por el horror de la realidad. (Mito viene de
la palabra griega meiein que significa parpadeo). Sólo
a partir de esta purificación, podremos hablar con la verdad
y olvidarnos de los juegos de apariencias que no nos permiten avanzar.
Y dejar de sentirnos culpables. Sobre todo eso.
Oziel se pregunta constantemente:
No
quisiera insistir sobre el punto... ¿Sabe lo que pasó
al comienzo, al inicio de todo? Cambio de paisaje. Cambio de carácter.
Lo que era una cosa, fue otra. Los con sobrepeso adelgazaron. Los
delgados engordaron hasta reventar. Los tímidos florecieron.
Los cancheros se intimidaron. Los bondadosos se envilecieron. Los
tramposos se limpiaron. La televisión por cable se humanizó.
La televisión abierta se espiritualizó. Los McDonalds
se sofisticaron. Cambio de temperamento. Los que eran una cosa fueron
otra. Los que eran otra cosa fueron una cosa. Mi amor por Judith
se desvaneció. A la que amaba una vez no la amé más.
A la que deseaba la dejé de desear. ¿Sabe exactamente
lo que nos pasó?
Es
esta la ausencia de significados en la que estamos inmersos y la
que reclama también Oziel. La que nos hace olvidarnos de
que, antes que nada, formamos parte de un ciclo natural, en el que
somos tanto origen como finitud, de que somos en esencia vida y
muerte; cada día morimos y nacemos un poco. Somos parte de
la naturaleza que muere y renace en cada ciclo. La conciencia de
nuestra mortalidad nos hace olvidarnos de nuestra condición
dual y, frente al vacío de significados, nos inventamos religiones
y dioses que nos hacen sumergirnos en el grato ensueño de
la vida eterna. Forjar nuestra identidad implica no sólo
un encuentro con la conciencia de la muerte, sino que con la conciencia
de la vida que es lo que nos permite mirar hacia adentro y nos da
el impulso y la energía de elaborar nuestros duelos. El reconocer
nuestras culpas es un acto de vida y nos da el aliento necesario
para regresar al origen y poder superar aquella memoria básica
que está condicionada por nuestras culpas, miedos y angustias.
El elaborar nuestros duelos nos da la libertad de poder reconstruir
nuestra identidad de seres humanos, unidos por un mismo origen y
por las mismas dudas y angustias.
El
asesor: el "héroe" del nuevo milenio y la globalización.
¿Qué
mejor que la figura de un héroe para encarnar esta dualidad
vida-muerte? El héroe encarna los ideales de la época
en que está inscrito. En el caso de Edipo rey de Sófocles,
sabemos que los griegos acudieron a la mitología buscando
una manera a través de la cual explicarse el mundo y verlo
así sin sufrir ante la conciencia de la fatalidad
del destino humano.
En el caso de Edipo rey, este horror que nos provoca la realidad,
se origina en la anagnórisis o toma de conciencia
de la falta trágica(10) o error,
que vendría a ser el parricidio inconsciente. En la obra
de Galemiri, no se puede hablar de falta trágica en
la muerte del Rey, ya que ésta es una venganza premeditada
porque tiró a Oziel al Mapocho al nacer y esto él
lo sabe. La falta trágica en el caso de Oziel es el
incesto, es esta acción la que provoca un cambio trágico
en la suerte del personaje, lo que lo hace caer en desgracia y que
se desmorone su mundo tan lógicamente estructurado por medio
de la lógica de su venganza.
Tanto en Edipo como en Oziel, el horror que expresan al enterarse
de la relación incestuosa se manifiesta de la misma forma:
optan por sacarse los ojos como una metáfora de no querer
ver la espantosa realidad. Y por lo tanto, la tragedia de Edipo
está directamente relacionada con las preguntas que Galemiri
se plantea frente al ser humano: un hombre expuesto a su destino,
al que se le niega la posibilidad de ser feliz y que se replantea
en forma cruel el sentido de su existencia.
Edipo corresponde al ideal griego, es una suerte de semidios que
encarna valores eximios y que provoca admiración y aliento
en los guerreros que arriesgaban su vida en la esperanza de que
los dioses amaban a quienes morían jóvenes en la lucha
por una causa noble. A diferencia de este ideal, en la época
contemporánea la figura del héroe se ha relacionado
más con la de los defensores de los derechos civiles y los
valores de la justicia social (M. Luther King, Madre Teresa de Calcuta,
Gandhi, Padre Alberto Hurtado, etc.).
¿Cuál es el ideal de hoy? ¿Cuál sería
el ideal humano en este mundo globalizado, individualista, racional
y egoísta? El director y dramaturgo Adel Hakim propone que
(...) la tragedia se convierte en el enfrentamiento entre el
individuo y el vacío, la ausencia. Antes, los hombres sufrían
porque no podían descifrar la complejidad de un mundo lleno
hasta el exceso de significantes. Hoy sufren porque no pueden encontrarle
ya un sentido a la vida. El mundo antiguo nunca desemboca en el
absurdo porque la violencia es la violencia del destino, la voluntad
de los dioses. El mundo moderno (...) coloca al individuo frente
al vacío espiritual(11) . (2002:
59)

Roxana Naranjo y Roberto Farías en Edipo
Asesor, de Benjamín Galemiri.
Dirección: Luis Ureta. Cía. La Puerta. 2001.
Frente a esto, el concepto de héroe, el que arriesga todo
y se inmola por una causa justa, es impensable hoy en día.
Hoy hay una tendencia a buscar sustitutos de héroes, que
vendrían a ser los llamados ídolos, que corresponden
a construcciones banales que nunca tendrán la trascendencia
del héroe, ya que la admiración que provocan se esfumará
tan rápido como los hechos que lo levantaron. Galemiri tuvo
la brillante idea de colocar a Oziel como el homólogo contemporáneo
de Edipo, más no como un héroe o un valiente guerrero
sino como un asesor, que vendría a ser la mejor imagen del
Chile de hoy:
Coro:
Así. Un asesor en campaña. Un asesor en gira. Un asesor
en tour. Un asesor a tablero vuelto. Un asesor que tiene vendidas
todas las localidades. Un asesor que hace su show. Un show super
show. Un asesor ni de izquierdas ni de derechas. Un correcto concertacionista.
Cauteloso, un esforzado cartesiano, un estudioso de la historia
de Chile. Que estudia Chile. Que piensa el país. Que tiene
conversaciones de salón. Que clava la vista. Que utiliza
la técnica huidobriana de pupilas. Que está en combate.
Pero
creo sin duda que la mayor diferencia entre Edipo y Oziel es que
Oziel es el hijo huacho de la amante del jefe. Tal vez con esto
Galemiri quiso acercar aún más la historia a la hipócrita
realidad chilena: la metáfora de todos los hijos huachos
de Chile que no tienen derechos y que son lanzados al Mapocho...
Entonces nos enfrenta con el tema de la identidad: ¿Cómo
conformar una identidad en una tierra donde los hijos huachos no
son reconocidos? ¿Cómo es posible conformar una identidad
en una tierra de huérfanos y de desaparecidos?
En este contexto: ¿qué pasa con el concepto de la
culpa hoy en día? Para mí, al menos, es claro que
en nuestro mundo el destino ya no está regido por los dioses.
Entonces, ¿somos libres de hacer lo que queremos? No me cabe
duda de que como seres humanos seguimos esperando la intervención
de los dioses, de alguien que nos diga qué es correcto y
qué es incorrecto. ¿Correcto o incorrecto para quién?
Demasiadas dualidades. Cada vez se hace más difícil
encontrar parámetros que sean aplicables- y que aceptemos-
a todos por igual. Y en la espera de esta intervención divina,
vivimos provocando a los dioses, viendo hasta qué punto seremos
perdonados o se nos permitirá seguir adelante. En Edipo
asesor ningún personaje es un ejemplo de humanidad, por
lo tanto, Galemiri lleva hasta el extremo su juego de los contrarios:
El rey Saúl corresponde más bien a la figura de un
dictador que maneja el país voluntariosamente, desconfía
de todos y se muestra torpe y poco sabio. Ni hablar de Jeremías
y de Judith, personajes sin ninguna moral, que están dispuestos
a todo por recuperar sus posiciones políticas. Vemos así
que todos nos ocultamos -a la hora de enfrentar nuestros escabrosos
hechos, nuestras impurezas, tras la frase que tantas veces
escuchó decir Galemiri a su padre cuando ensayaba su retórica
barroca de abogado: ¿Quién no es culpable en esta
tierra? Y escudados en éste conformismo, en este derrotismo,
estamos sumidos, tal como lo expone Galemiri, en una insatisfacción
existencial.

Edipo Asesor, de Benjamín Galemiri.
Dirección: Luis Ureta. Cía. La Puerta. 2001.
Y es así como, al final, vemos a una serie de personajes
al borde de una crisis nerviosa, incapaces de contener sus angustias(12)
. En la última escena vemos a Oziel ciego, cantando y pidiendo
monedas. Sin que lleguen a encontrarse, vemos también a Judith
que aparece comiendo desaforadamente de una bolsa gigante de papas
fritas, dominada por una neo-bulimia. Ambos ascienden por
las escaleras de la tarima del público hasta perderse entre
sus enfermizas cavilaciones:
Judith:
¿Se puede olvidar un incesto, y dos, y mil quinientos en
territorio chileno? Mil quinientos incestos nacionales, en un contexto
de seis y medio millones de incestos globales, ¿es poco?
Oziel:
Mi pene es tímido. Como yo. Un pene shy. ¿Por qué
no?
Judith:
Sigo un tratamiento para dejar de ver mi incesto. A veces lo dejo
de ver. A veces lo vuelvo a ver. Es oscilante. Como mi estado de
ánimo.
Oziel:
Sigo un tratamiento para poder volver a ver televisión. De
todas las cosas es lo único que me interesa volver a ver
en este mundo. Voy en la sesión siete. A veces puedo ver.
A veces no. Es oscilante. Como mi estado de ánimo.
Judith:
Sigo un tratamiento para volver a sentirme madre. A veces lo vuelvo
a sentir. A veces no. Es oscilante. Como mi estado de ánimo.
La
falta trágica de Oziel es vital en su camino de elaboración
del duelo (del duelo de ser hijo huacho, del abandono y finalmente
del incesto) y también, este error de Oziel es vital
para nosotros como espectadores, ya que es en ese momento cuando
comprendemos que todos somos Oziel, que también nosotros
albergamos ese elemento autodestructivo; comprendemos nuestra dualidad,
que somos tanto vida como muerte, amor y odio, culpa y arrepentimiento.
Y a través de este camino de comprensión, podremos
elaborar nuestros duelos, perdonar y ser perdonados y reconstruir
así nuestra identidad individual y nacional.

Edipo Asesor, de Benjamín Galemiri. Dirección:
Luis Ureta. Cía. La Puerta. 2001.
Trizando
espacios y cuerpos en la elaboración del duelo
No sólo los autores tuvieron que trizar el lenguaje, su identidad
y su memoria en este camino, sino que también las compañías
de teatro que escenificaron sus obras. En este proceso, pude encontrar
relaciones con los rasgos del posmodernismo en relación
a la puesta en escena, y del teatro sagrado (Magaly Muguercia,
Peter Brook y Eugenio Barba) en relación a la actuación.
Del posmodernismo, tomé los siguientes rasgos que apliqué
al análisis de la tendencia antropológica - contingencia
en la puesta en escena, y que ahora iré hermanando con el
montaje de Edipo asesor:
Lenguaje. Este tiende hacia una hibridez que responde
al deseo de metaforizar el caos del mundo. La realidad, en este
sentido, sólo puede ser representada por medio de un lenguaje
desordenado, descontextualizado. Ureta le dio cuerpo, con coherencia
y equilibrio, utilizándolo a su favor y sacándole
el máximo provecho al lenguaje barroco y poco realista de
Galemiri, que desborda en dobles sentidos, juegos de apariencias
y sensualidad.
Fragmentación y descentramiento. Se transgrede
la estructura fabular tradicional y se realizan digresiones en el
espacio y en el tiempo, recorriendo los mismos caminos de las memorias
desarticuladas de los personajes y la realidad caótica a
la que están expuestos. Si bien la obra sigue una estructura
fabular, la última parte obedece a una no-lógica:
en los monólogos finales de Oziel y Judith, no sabemos cuánto
tiempo ha transcurrido, si es verdad o no lo que vemos. En este
tratamiento del tiempo subjetivo es como si nos metiéramos
como espectadores en el inconsciente de estos personajes, en el
interior de sus memorias y recuerdos desintegrados por el pasado.
Según Luis Ureta: la risa burlona escondía, a nuestro
juicio, un gesto de desasosiego del que no nos quisimos desentender.
En otras palabras la simulación de la tragedia misma. Edipo,
voilá. Intentamos con nuestra versión de Edipo
asesor que este padecimiento lograra encontrar su expresión
escénica. De ahí el giro estilístico de la
obra al momento de la revelación de Oziel a su padre(13).
Intertextualidad. La escena desborda en significantes
y se convierte en el verdadero lugar de la creación teatral,
concibiendo al texto como un pretexto para dar vía libre
a la imaginación y la libertad creadora. En el caso de Edipo
asesor la versión original fue modificada. Además,
Galemiri se basa en una fuente narrativa: el mito de Edipo, y por
lo tanto, entran a jugar también los antecedentes que como
espectadores tenemos de éste.
A continuación me voy a referir al uso de cada elemento de
la puesta en escena:
Escenografía: Como espectadores, nos vemos
enfrentados a una escenografía no realista en la que se opta
por insinuar más que ilustrar. La escena está poblada
de elementos que adquieren el valor de objetos plásticos
capaces de metaforizar la idea que el montaje nos quiere transmitir.
Vemos como único escenario el palacio real: un espacio hermético,
cerrado, como un búnker, un subterráneo. Paredes metálicas
con rejillas de ventilación a través de las cuales
se filtra una leve luz, puertas tipo ascensor que se abren y cierran
al paso de los personajes. Los distintos niveles le dan más
versatilidad y movimiento al escenario y permiten jugar con los
distintos planos.
El subterráneo-búnker de Edipo asesor nos provoca
una sensación apocalíptica de guerra, encierro, desesperación.
La asimetría de la escenografía responde a la asimetría
de las mentes de los personajes y nos sitúa en un juego del
inconsciente donde no hay parámetros que ordenen la realidad.
Ureta da al montaje esta atmósfera de pesadilla, de submundo,
de falsedad, lo que se acentúa en la forma en que se relacionan
los personajes, con movimientos sobrecargados, la luz tenue, la
presencia del Coro.

Parte de la escenografía de Edipo Asesor,
de Benjamín Galemiri.
Dirección: Luis Ureta. Cía. La Puerta. 2001
Vestuario y maquillaje: todo lo fastuoso que Galemiri
pide para la escenografía (batir el récord de locaciones),
Ureta lo trasladó al vestuario, de estética vanguardista
y suntuosa, que parodia el coqueteo y el afán de figurar
que ocurre en las instituciones públicas. Abrigos de cuero
falso, vestidos de fiesta, camisas con vuelos y cuellos altos, guantes,
encajes, escotes, labios rojos, corsettes, ligas, tacos, pelos engominados,
escarmenados y enlacados. Un estilo que mezcla Matrix con
Drácula y que se asemeja al de una película
de acción/ficción de bajo presupuesto y que explicita
el estilo al que se está refiriendo. El vestuario del Coro
aumenta la sensación de que son un trío de locas sadomasoquistas
adictas al sexo: sus vestidos están desgarrados, tienen hoyos
que muestran la piel, usan cadenas. El blanco, el rojo y el negro
predominan. El vestuario cursi y barroco acompaña a los personajes
en la falsedad y exagerada actuación que hacen de ellos mismos,
y de hecho saben sacarle partido a su ropa: el sonido del cuero
falso los acompaña en todos su embates.
Iluminación: tiene mucho de show de televisión
o de cabaret, ya que se aleja de una ambientación realista
al jugar más como pantalla de cine. Ilumina ciertas zonas,
oculta otras, da prioridad a ciertos personajes por medio de cenitales,
juega con los oscuros totales, los cambios de luz bruscos, los filtros
predominantemente rojos que provocan la sensación de pesadilla.
Imagen: Se juega con un lenguaje cinematográfico;
la imagen suele reemplazar al texto, convirtiéndose en un
elemento que ayuda a narrar la historia más que a simplemente
apoyarla. El director hace de director de cine, guiando el ojo del
espectador como si tuviera en sus manos una cámara: juega
con los planos, con los niveles del escenario, logrando un lenguaje
escénico activo.
Música: También es un narrador, ya que
a menudo reemplaza el lenguaje hablado y opera como instrumento
de diálogo, ayudándonos a entrar en las atmósferas
que el director y los actores nos proponen. Sobre todo es usada
para seducir, ya que la obra está plagada de bailes y cantos
eróticos que se dirigen entre sí los personajes, en
un tono de espectáculo musical.
La obra empieza con una música de gran apertura que luego
pasa por distintos estilos: música tecno, Yma Sumac, renacentista,
etc. Se juega con sonidos ambientales, lo que ayuda a aumentar la
sensación de cine-teatro: un helicóptero, internet,
un campo de batalla, un palpitar que acompaña el punto de
un láser en la escena en que Oziel salva al rey de un atentado,
aplausos, la lejana música que golpea a Oziel en el momento
de la anagnórisis, una especie de micrófono
con interferencia o la música mezcla de baterías-
truenos- latigazos que acompaña cada revelación que
van haciendo los personajes. El micrófono que usa Oziel en
la escena del juicio también ayuda a que nos alejemos de
las convenciones teatrales y nos acerquemos a lo cinematográfico.
Las actuaciones no realistas conducen su búsqueda
hacia lo corporal y gestual. Como rasgo posmodernista, a la dramaturgia
del actor se le vuelve a vincular con el personaje heroico referenciado
desde las ideas e incluso desde la psicología. Se experimenta
una metamorfosis de los personajes, convirtiéndose incluso
en personajes que rayan la ficción. Si bien en el teatro
posmoderno no existe una coherencia entre el perfil físico,
psicológico y social de los personajes, ni se pretende una
identificación con el público con personajes verosímiles
o reconocibles, en Edipo asesor muchos de estos rasgos desaparecen
y se presentan personajes con características tridimensionales.
Las relaciones, el diálogo y la interacción entre
los personajes en escena muchas veces se desprende de su naturaleza
cotidiana y verosímil.
Rodrigo Gonzáles y Roberto Farías en
Edipo Asesor, de Benjamín Galemiri.
Dirección: Luis Ureta. Cía. La Puerta. 2001
En relación a los conceptos del teatro sagrado, en lo actoral
me remito a la antropología teatral definida por Barba
como el estudio del ser humano en una situación de representación.
Hice una síntesis de tres rasgos antropológicos relacionados
a la actuación, que ligaré a Edipo asesor:
Ludicidad. Gana valor la improvisación, la
experimentación, el juego escénico, la observación;
los actores movilizan zonas internas que provocan gestos que provienen
del inconsciente, resultando en escenas donde el diálogo
y lo gestual no tienen una correspondencia realista-cotidiana. Desbordan
energía, magia y sensorialidad. Este juego se relaciona directamente
con los desafíos que les impuso el texto:
- Como primer desafío, vimos que el lenguaje no realista
usado por Galemiri ironiza la forma de hablar de los personajes
públicos del país, de los voceros que intentan no
comprometerse demasiado con aquello que dicen pero que al
mismo tiempo quieren parecer informados e inteligentes. Para transmitir
este ambiente patético y falso, los actores realizaron un
intenso trabajo de comprensión del texto -de entender qué
quería expresar Galemiri con este lenguaje barroco y absurdo-
y luego, un trabajo de voz que roza con el musical, ya que en el
montaje se incluyen canciones y coreografías.
- Para conectarse con los temas de la obra -el poder y el
sexo- y transmitir el tono lujurioso de Galemiri, los actores trabajaron
con la sensualidad, herramienta a través de la cual se relacionan
estos personajes.
La escena amorosa del incesto ejemplifica este lenguaje y la patética
ruptura entre discurso y realidad. En esta, lo que pareciera ser
un diálogo sobre diferentes concepciones del mundo y del
país, es en el fondo una juntura de palabras que ocultan
el deseo sexual de los personajes, y que se inicia tras un seductor
baile que se convertirá finalmente en una extendida relación
sexual:
Oziel:
Una encuesta. ¿Quién no sufre? A: La clase dominante.
B: El proletariado. C: La pequeña burguesía. ¿En
este asqueroso palacio, hay un urinario limpio?
Judith:
Me gustaría saber qué hay detrás de sus vacilaciones.
Oziel:
Las preguntas más horribles.
Esta
movilización de zonas inconscientes en los actores nos permite,
como público, entrar en este juego de los contrarios que
nos propone Galemiri y entender el mensaje de la obra, no sólo
por lo que se expresa verbalmente sino que también por lo
que se expresa física y gestualmente.
Cuerpo comunicante. Rasgo relacionado a las técnicas
de comportamiento extracotidiano que propone Barba, que calzan
en su aplicación con la necesidad de lograr un nuevo equilibrio
corporal que sea capaz de responder a lo caótico del sistema
y al collage de máscaras que, como seres humanos, representamos
todos los días. Estas técnicas ayudan a descolonizar
al cuerpo de sus usos cotidianos, para lograr un lenguaje en el
que el diálogo y lo gestual no tienen necesariamente una
correspondencia realista-cotidiana (como en el caso de las coreografías).Un
lenguaje capaz de ilustrar -por medio del trabajo de rasgos físicos,
de nuevos puntos de equilibrio, de limpieza y economía corporal-
una verdad que esté más allá de lo aparente
y que pretende conectarnos con arquetipos más que con tipos
humanos.
Lo gestual y físico es importantísimo dentro del montaje.
Los actores se aferran a gestos no-cotidianos o a gestos que son
la fijación o bien la exageración de un gesto cotidiano
para conectarse con sus personajes. Por ejemplo Judith, como ella
misma dice, se mueve por control remoto por lo que su andar
es similar al de un robot que juega a la amante sexi del rey.
Vivismo-vivencialidad. Se refiere a un compromiso
profesional absoluto, a una plena conciencia de que el trabajo actoral
implica desangrarse, desnudarse, jugar, gozar, sufrir y recorrer
los mismos caminos que recorren los personajes. Trabajar con temas
contingentes a nuestra historia e identidad requiere una seriedad
y un profesionalismo a toda prueba, y una disposición a hurgar,
identificarse, denunciar y emocionarse con las historias narradas.
A
modo de conclusión o concluyéndome
Volviendo
a ese nosotros del que hablaba al principio, pienso que si
cada uno de nosotros quisiera hacer este camino de trizaduras que
siguieron tanto Galemiri como la compañía La Puerta,
sería necesario que nuestro Presidente Lagos instituyera
el día de la elaboración del duelo, en el que
cada ciudadano firme un compromiso para elaborar sus duelos internos,
una especie de mea-culpa masiva; para que, a partir de ese minuto
de silencio, todos nos pongamos las pilas y pensemos en cómo
resolver nuestros duelos patrios. Tal vez ese día seamos
capaces de pedir perdón y de ser perdonados. Y tal vez, nos
declararemos inocentes. ¿Es mucho pedir? Ya lo creo, pero
en soñar no hay engaño.
Septiembre 2003
NOTAS
(1) Mi memoria de título se llamó
Antropología y contingencia: el regreso al origen en el
teatro chileno actual. En cuatro obras de autores chilenos montadas
en Santiago de Chile en el año 2001. De perlas y cicatrices,
Edipo asesor, La huida, El desvarío. Esta memoria fue dirigida
por la profesora María de la Luz Hurtado.
(2) Donoso, Claudia. 2001: Galemiri,
Revista Paula Nº 77, noviembre.
(3) Morel, Consuelo. 1987: En torno
al teatro chileno actual. Revista Apuntes, Santiago: Escuela de
Teatro PUC. Nº 95, p. 101.
(4) Morandé, Pedro. 1989: Teatro
y cultura latinoamericana. Revista Apuntes, Santiago: Escuela
de Teatro PUC, Nº 98, pp. 84-85.
(5)Luzzanto, Pamela: Teatro chileno:
¿Regreso al origen?, en www.uchile.cl
(6) Coloma, Jaime. 1990: Samuel
Beckett: la descontextualización del texto. Revista Apuntes,
Santiago: Escuela de Teatro PUC, Nº 100, pp. 117-132
(7) Gómez, Andrés. 1999:
Escribirán primera historia de la homosexualidad en Chile,
en diario La Tercera, 15 de junio.
(8) Galemiri, Benjamín. 2001:
"Mi vida como un tribunal", Revista Apuntes Nº 119-
120, p. 73.
(9) Muguercia, Magaly. 2002: Sobre
el Edipo Asesor de Galemiri. Teatrae, Santiago: Universidad
Finis Terrae, Nº 5, p. 25.
(10) Para Arsitóteles, el héroe
comete una falta y cae en la desgracia no en razón de
su maldad y de su perversión, sino que como consecuencia
de algún error que ha cometido (Poética, 1453a).
(11) Hakim, Adel. 2002. Opciones
dramatúrgicas y posturas políticas. Revista Apuntes,
Santiago: Escuela de Teatro PUC, Nº 121, p. 59.
(12) Hakim, Adel. 2002. Mil formas
de devorarse a uno mismo. Revista Apuntes, Santiago: Escuela
de Teatro PUC, Nº 121, p. 22.
(13) Ureta, Luis. 2002: Edipo asesor
en versión de la puerta: encuentro de dos poéticas.
Teatrae, Santiago: Universidad Finis Terrae, Nº5, p. 22
(Publicado
en Revista Teatro Apuntes, Nro. 125, año 2004, Escuela de
Teatro de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Tesis
y memoria de grado, Págs. 88-98)
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