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Benjamín Galemiri, dramaturgo nacional: “Me choca la tiranía de los directores de teatro en Chile”

El viernes debutó en Matucana 100 su obra Karl Marx Año Zero, dirigida por Heidrun Breier, un texto que imagina al filósofo alemán en el Chile actual.

Publicado por La Tercera el 27 de noviembre de 2017
Por Pedro Bahamondes

Jueves 30 de marzo de 2006: “Volando hacia Santiago. (…) Presentimientos raros, casi malos. Tengo la impresión de que cometí un error al aceptar la pieza de Galemiri. Al mismo tiempo es algo así como mi deber”, escribió Raúl Ruiz en sus diarios, publicados este año por Ediciones UDP. Un mes más tarde, el cineasta volvería a referirse al dramaturgo chileno en sus anotaciones como un visitante “insufrible y cómico”.

Faltaba poco para el estreno de Infamante Electra, la reescritura del mito griego a cargo de Benjamín Galemiri (1956) que protagonizaron Héctor y Amparo Noguera, dirigidos por Raúl Ruiz. Once años han transcurrido desde entonces, y el autor de El coordinador saca a flote sus recuerdos: “Ruiz era un genio de verdad, ni siquiera tenía que fingirlo, pero solía engañarme”, dice: “Cuando tenía ensayos me citaba en el hotel Crowne Plaza, bebía sus vinos y hablábamos por horas hasta que decía ‘el ensayo terminó’. Recién ahí entendía que no había sido invitado. Pero Raúl era tan tímido que quizás no quería que me diera cuenta de que había cambiado el final de la obra. Aun así el resultado fue maravilloso y se lo perdoné”.

Para la puesta en escena de Karl Marx Año Zero, su nueva obra que el viernes debutó en Matucana 100 bajo la dirección de Heidrun Breier (Filócteles), Galemiri tampoco tuvo acceso a los ensayos. Protagonizada por Samanta Manzur, Gonzalo Muñoz Lerner e Iván Parra, su ficción deja caer al filósofo alemán sobre el Chile actual, rodeado de Friedrich Engels y el anarquista Pierre-Joseph Proudhon. Desde el 26 de enero, el mismo texto tendrá una versión en el King’s College de Londres.

“No es un panfleto del personaje, ni yo mismo soy marxista”, dice. “Me centré en aspectos sicológicos, en su adicción por las mujeres y los puros, y la escasa relación con sus hijas. En la obra la derecha e izquierda chilenas se lo pelean como candidato, pero él no quiere tener que ver nada con ellos. Marx podía ser un desgraciado y políticamente incorrecto, pero consecuente”.

-¿Por qué cree que no lo invitan a participar del montaje de sus obras?

Adel Hakim y Rodrigo Bazaes lo hicieron y fueron buenas experiencias. Quizás insisto mucho, pero no soy destructivo. Tampoco hago como Juan Radrigán, que casi iba con una pistola a los ensayos a defender sus palabras. Para algunos directores es una canallada que sus actores le hagan preguntas al dramaturgo, y es porque ven el teatro como una guerrilla. Yo puedo entender esa vanidad, porque también tengo la mía, pero me choca la tiranía de los directores de teatro en Chile.

-¿Suele sentir esa tiranía?

Casi siempre. Cuando trabajé con el Bufón Negro en los 90 (El seductor), Alejandro Goic me decía que ensayaban en la Estación Mapocho para distraerme, y en verdad estaban en el Sidarte. Siendo alemana y todo, Heidrun tampoco quiso invitarme a los ensayos. En fin, no entiendo. Ocurre que aquí a todos les baja el síndrome de Neruda: todos quieren escribir, pero olvidan que el dramaturgo debería ser parte del proceso.