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BENJAMÍN GALEMIRI, dramaturgo: “Siempre he tenido mujeres que son reinas del sexo y yo un pobre pendejo”

Publicado por The Clinic, 30 Junio, 2017
Por: Daniel Hopenhayn

“Todo el mundo piensa que soy un degenerado”, dice Galemiri (60), un hombre que teme a las mujeres pero escribe sobre ellas como un Casanova insaciable. Considerado en los 90 “el dramaturgo de la transición” por poner en escena los engendros discursivos de ese Chile emergente, este año se publicaron el segundo tomo de sus “Obras completas” (Uqbar) y el libro “Galemiri” (Ediciones UC), que recoge ensayos críticos sobre su obra. De paso, Matucana 100 lo está postulando al Premio Nacional de Artes Escénicas. En esta entrevista explica qué hay al fondo de sus dos eternas obsesiones: el sexo y el poder. Su infancia en Traiguén entre mapuches y nazis, su amor a un padre violento e impredecible, la lujuria y la envidia que le provocan las mujeres, se mezclan en sus respuestas alternando el humor de siempre con una franqueza a ratos desconcertante. También pide juicios más reflexivos sobre los años 90 y contesta a quienes lo pelan por ser un “posmoderno burgués”.

Toda la gente que ha escrito sobre tu obra dice que la relación sexo-poder es la madre de tus obsesiones.
–Es bonito que digan eso, porque significa que en mis obras se vio lo que yo quería proyectar.

¿Cómo nació esa obsesión?
–Mira, yo ahora estoy escribiendo una novela y parte así: “A los cinco años tuve mi primera erección, dura como una roca”. Y no estoy inventando, eso me pasó. “Pero por qué me pasa esto, si soy tan chico”, pensaba yo. Estaba enamorado de la Jane Fonda, por supuesto, pero quería entender qué venía acoplado a ese despertar sexual tan temprano. Y claro, era mi respuesta a la actitud autoritaria de mi padre. Yo tuve un padre muy autoritario, abogado. Me pegaba y me hacía sangrar…

¿Correazos?
–Correazos. Y por huevadas. Yo gritaba un poquitito, como cualquier niño, y él subía corriendo y antes de pegarme me decía: “¿Por qué me obligas a pegarte?”. Imagínate, un diálogo de Eurípides. Era teatral, el poder del viejo este. Vivíamos en Traiguén, en un caserón, y en el primer piso estaba su oficina donde él ensayaba los alegatos haciendo los dos roles. Yo lo espiaba, porque improvisaba grandes diálogos. “¿No es cierto que la noche del crimen usted tenía una pistola humeante en sus manos?”. Después se paraba al otro lado: “Usted acusa a mi defendido de un crimen abominable y yo aquí le pregunto, ¿quién no es culpable?”. Él fue mi profesor de dramaturgia, sin darse cuenta.

¿Y por qué esa erección a los cinco años era una respuesta a su autoritarismo?
–Era una venganza.

¿Cómo?
–Porque mi padre era muy mojigato. Mi madre nos llevó un día al cine y contó como si nada, “oye, en una escena la Natalie Wood y Richard Beymer se dan un tremendo beso”. “¡¿Qué?!”, se espantó. Y ahí yo dije, de manera inconsciente, “ah, viejo de mierda, voy a tener sexo a los cinco años y me voy a vengar”. O sea, no era solamente deseo sexual, que sí lo tenía. Miraba a la Brigitte Bardot, a la Jane Fonda, y corría a la sala de proyección a pedirles que por favor me regalaran los fotogramas.

¿Y te los daban?
–Sí, porque ya era un cliente VIP. Y ahí me masturbaba como enfermo de la cabeza. Pero mi cuento con la sexualidad también ha tenido que ver con un deseo intenso de conocer la cabeza de la mujer. Yo soy un temeroso de las mujeres. No lo parezco, pero mi primera reacción, sobre todo si la niña me gusta, es de envidia a su mente.

A la mente femenina.
–¡Mucha! Yo pololeaba harto y todos creían que era para puro meterme en la cama con las niñas. No, yo quería que me dijeran cosas, que me solucionaran cosas, que me mostraran un mundo. Y mis relaciones más largas han sido porque las mujeres se han dado cuenta de mi debilidad sexual, no sólo en el terreno físico. Aunque eso también, porque siempre he tenido mujeres que son reinas del sexo y yo un pobre pendejo. A mí me enseñaron ellas. Pero sobre todo, la duración de mis relaciones era por el enigma de la mujer, el enigma… Aún no logro captar la intensidad filosófica que expresan a través de la sexualidad, que es muy superior a la del hombre. Pero eso también tiene un sustrato relacionado con los juegos de poder, que llevan a la ruina.

¿Por qué?
–Porque siempre hay uno que le quiere quitar su poder al otro. O los dos al mismo tiempo. Eliseo Subiela, gran cineasta argentino, dijo: “Cuando se acabe la lucha de poder entre el hombre y la mujer, ahí vamos a estar en el paraíso”. ¡Pero nunca se va a acabar! Yo tuve un matrimonio de 25 años y los primeros veinte fueron buenos. Pero, por ejemplo: “tenemos que hablar”, “no soy yo, eres tú”. ¡El infierno! No me digas que no conoces eso. Y el hombre se defiende mal. Entonces ahí está mi ambivalencia: el poder del padre a través de la fuerza y el poder de la mujer a través del sexo. El problema es que todo el mundo quiere poder, pero cuando lo tiene no sabe para qué. Eso está en “El ciudadano Kane”, que todos deberían ver para sanarse un poco. Y yo me incluyo, a mí me gusta el poder.

¿También la política?
–Sí, me entusiasma mucho, es un espectáculo griego maravilloso. No por nada el tema de los dramaturgos griegos era el poder. Y Shakespeare, ¿qué es? Poder y sexo, sólo que en su caso el sexo es más psicológico. Yo incluyo lo físico, por eso todo el mundo piensa que soy un degenerado.

Y los artículos que has publicado en The Clinic, contando las fantasías más insólitas, quizás han ayudado a eso.
–Tienes razón, no lo había pensado. Le conté a mi mamá que iba a dar esta entrevista y me dijo “ya, pero no sigas con esa cosa de las mujeres, está bueno, la gente ya sabe”, ja, ja, ja. Yo nunca uso un lenguaje sexual grosero, en eso soy moralista, pero sí soy un pornógrafo y creo que es algo positivo. Hasta el día de hoy, con la edad que tengo, veo mujeres piluchas, busco en internet, me masturbo, ¡fantástico! En la Cábala judía, que es misticismo puro, dice clarito: el mejor regalo que le hizo Dios al hombre fue el sexo. Listo, vayan a mentir a otro mundo.

Es que un hombre de cierta edad que habla de masturbarse o ver porno pasa a ser un “viejo cochino”.
–Sí, que piensen eso. Total, eso es lo que buscan. José Donoso escribió “La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria” para ganar plata, porque estaba hasta las bolas de escribir obras tan buenas y ganar tan poco. Ahora la Isabel Buzeta, editora de Uqbar, me pregunta todos los días “¿y la novela erótica, cuándo?”. Porque yo le dije “va a ser erótica, no pornográfica”. Pero le estoy mintiendo, va a ser a concho.

EVA Y EL MACHISMO

Catherine Boyle, traductora de obras tuyas al inglés, cuenta en el libro “Galemiri” que tuvo algunos conflictos, desde su feminismo, con tu imaginación tan masculina que dice amar a las mujeres pero las convierte en objetos sexuales.
–Mira, yo empecé haciendo obras de teatro bastante machistas. La Patricia Rivadeneira, que era mi musa en esa época, me decía “Benjamín, tus obras me fascinan, pero son muy machistas”.

¿Por qué eran machistas?
–Porque estaba el hombre perfecto, con su dialéctica macanuda, impecable, que llena de regalos a la mujer y la lleva a sus aventuras imposibles. Y la mujer ahí sosteniéndose, medio triste, pétrea, me encanta esa palabra, pétrea… Entonces el poder femenino parecía no tener cabida, pero yo sentía que sí lo tenía. Cuando una persona se dedica a fantochearse delante de otra, ¡es la otra la que tiene el poder! Así que la Patricia tenía razón sólo en parte. Pero bueno, decidí darle un rol más activo a la mujer: fin al castigo de Eva. Porque todo esto viene de la Caída.

¿De Adán y Eva?
–Claro. Dios los expulsa del paraíso por culpa de Eva, y desde entonces el hombre se aprovecha de eso para ser el que manda. Shabtai Tzvi, un místico judío del siglo XVII que se creía mesías, dijo “se acabó la culpa de la mujer”. Pero nadie le hizo caso. Y yo quise hacerle caso escribiendo una obra que se llama “Infamante Electra”, pero tuve mala suerte.

¿Por qué?
–Porque la dirigió Raúl Ruiz, machista pero declarado. Mira sus películas, las mujeres son nada…

¿No te gustó como la dirigió?
–¡La dirigió maravillosamente! Y él era un amor, nos divertíamos mucho. Un día me preguntó: “Bueno, tu papá te pegaba, ¿pero con sangre?”. Le dije que sí. “Chócale”, me dijo, dándome la mano. ¡Era total! El asunto es que en “Infamante Electra” hay un senador acusado de delitos sexuales y la única abogada que lo quiere defender es su hija. Ella arriesga su carrera si defiende a su padre libidinoso, pero decide hacerlo, y en esos diálogos también aparece todo este conflicto del poder y la mujer. Pero al final, le dobla la mano a su castigo de Eva y llega a ser ministra de Justicia. Bueno, eso el Raúl me lo sacó de un zuácate. Era un monólogo muy lindo, ¡me lo sacó pero completo! “¡Paternalismo!”, me dijo.

Como diciendo que querías quedar bien con las mujeres…
–Exactamente. Ahora, también pasa que algunas son muy militantes y quieren escritores que dejen a las mujeres 100% bien. Eso sólo lo puede hacer un mal escritor. Pero a mí me nutre mucho la inteligencia de la mujer, de repente dicen unas cosas… es como magia, te dejan pensando, te ponen en tu lugar. Y además te manejan con el sexo.

¿Y crees que ellas saben lo que quieren?
–Sí. En mis clases siempre digo que existe la historia oficial –lo que uno hace creer que está diciendo– y la historia oculta, que es lo que realmente quiere decir. Las mujeres tienen la historia oculta súper clara. Claro, huevean, hacen preguntas, se ponen a llorar, te hablan con malditos eufemismos, cuentan historias de sus ex… Pero en las directivas generales, en el concepto de vida, en general son mucho más ubicadas y más valientes que los hombres. Y yo en mis obras todavía no he logrado demostrar eso, porque no sé lo que es. Orson Welles dice que hay de miles de máscaras, pero al fondo está la original. A mí me gustaría llegar a la última máscara y ver qué mierda son, de qué madera están hechas realmente.

Y cuando ellas no están, ¿resistes bien la soledad?
–No, ese es mi problema. A otros la soltería les viene bien, una mina y a la semana siguiente otra. Pero yo soy fresco, necesito que me cuiden, que me hagan cariño, que me llamen. Y a mi edad ya no quiero nada muy potente, así que me cuesta. En la mañana empiezo a hacer mis cosas y digo “pucha, sería bueno hacer algo acompañado de mi novia, ir al cine…”.

OLIGARCAS Y MAPUCHES

Aparte de mostrar una cosa o la otra, ¿qué buscas con tus obras, para qué te sirven?
–Creo que a través de mi obra busco dos cosas: llegar al fondo del erotismo femenino y mitigar el dolor de la muerte de mi padre, en un accidente de auto. Se rumorea que fue un asesinato…

¿Por qué?
–Porque mi papá defendía primero a los latifundistas, pero de a poco les empezó a pedir a estos huevones oligarcas que no trataran tan mal a los mapuches, y terminó defendiendo a los mapuches. Los recibía en su oficina, lo que era un escándalo. Por eso se decía que fue asesinado. Y yo, por supuesto, me sentí culpable. Amanezco culposo todos los días.

¿Todos los días?
–Todos los días. Es una sensación que tiene que ver no sólo con mi padre, sino con la culpa de la vida. Por ejemplo, tener un talento para escribir, ya: culpa. Ahí me acuerdo de Polanski, que quedó con mucha culpa después del campo de concentración. Porque él era un niñito genio que entretenía a los nazis, les cantaba, les bailaba, y los nazis se enamoraban de él y lo soltaron. Y su padre también se escapó, pero a la mamá la metieron en los hornos. Entonces él siempre tuvo la culpa de que por culpa de su talento había muerto su madre. Y así parto yo el día. A medida que escribo, lo voy superando.

¿Ese amor por tu padre apareció después de su muerte?
–No, yo estaba fascinado por él, lo amaba intensamente. Era de muy pocas palabras, pero tenía un sentido del humor como de Buster Keaton, muy carepalo, sin reírse. Una vez íbamos tomados de la mano por la calle, cosa que le encantaba, y al frente venía un cliente: “¡Señor Galemiri! ¿Cómo está, abogado?”. Y mi papá dice: “¡Hola, conchasumadre!”. ¿Entiendes? Las paradojas que tengo yo en mi escritura. Después estaba la parte de los golpes, pero ahí también reaccionaba de manera inesperada. Por ejemplo, a los seis años yo ya tenía, no sé de dónde me salió, el deseo de la fama. Y un día fui al diario El Colono, en Traiguén. “Quiero publicar esto”, le dije al dueño. Era una crítica a una película de Jerry Lewis que yo había copiado de la revista Visión, porque mi papá se suscribía a revistas para no tenernos tan aburridos. Y a los dos días publicaron mi crítica, “por Benjamín Galemiri”. Yo dije “si mi papá se entera me va a sacar la chucha”, así que no dije nada. Pero aparece un amigo de mi padre, Levy, un judío renegado, y le dice: “¿No conoces la última pillería de tu hijo?”, y le pasa el diario, conmigo al lado. Mi papá lee, me mira, levanta el brazo y yo dije “listo, acá se acabó mi existencia”. Y cuando la mano está llegando a mi cabeza, me acaricia. Entonces yo dije “aaah, para que mi padre me quiera yo tengo que triunfar, tengo que hacer cosas desorbitantes, inesperadas. Y de pasada, puedo conquistar mujeres”.

¿Qué edad tenías cuando tu papá tuvo el accidente?
–Catorce años, creo.

Ya vivías en Santiago.
–Sí. Un par de años antes nos vinimos con mi mamá y mis hermanos, pero él se quedó en Traiguén por la pega, cosa que a mí me dio mucha pena…

Su accidente fue allá.
–Fue en Traiguén camino a Victoria, se le cruzó un camión. Pero yo creo la tesis del asesinato, en manos de la oligarquía, que en el sur es una cosa horrible.

Cuentas que creciste en un ambiente de western.
–¡Es que era un western! Los huasos a caballo con sus sombreros, de repente con revólveres, y nadie les decía nada porque eran plutócratas de familia, violentos. Y al mismo tiempo, los mapuches que caminaban por las calles porque querían vivir ahí en Traiguén, pero no los dejaban. ¡Les quitaban la tierra día a día! Le decían a mi papá: “¿Se acuerda que nosotros estábamos allá? Mire, anoche nos movieron la cerca…”. Entonces yo salía a la calle y veía una película de Sergio Leone, en cualquier momento iba a quedar la zorra, ¡pum, pum, pum! Porque los mapuches se armaron. No sé qué detuvo esa guerra, pero yo sabía que iba a volver a brotar. Ahora están diciendo que eso es terrorismo. No, es el egoísmo de la derecha, que yo lo vi. Vi como vivían esos conchasumadres, sus almuerzos gigantescos, y no querían dar nada, odiaban a los indios, los encontraban pencas. ¡No eran pencas! Mi papá me llevaba a una comunidad llena de rucas y era apasionante, tenían su propia biblia, su propio cielo, “el Alto”, decían. Había una machi, la Guacolda, que le decía a mi papá: “te cambio a tu hijo por un cordero”. Y andaban a caballo sin montura, como locos, igual que en los western. Entonces el western seguía en mi cabeza: ¡pum, pum, tatatatá!, y dinamita, y metía a una niña, porque siempre en el western hay una Claudia Cardinale. Hasta que ganaban los mapuches.

También has contado que entremedio estaban los nazis. ¿O eso ya es tu imaginación?
–¡No, eso es cierto! Vinieron muchos nazis a Argentina y también a Chile, y algunos se refugiaron en Traiguén porque la comunidad alemana era inmensa, entonces había pronazis –la mayoría eran comerciantes– que los ayudaron a fondearse. Pero de repente empezaron a salir. Y tú ibas, por ejemplo, a una fiesta de los bomberos –a mi papá eso le encantaba, estaba en los masones, el Rotary Club, todas esas leseras– y veías a un nazi. ¡Era un nazi! Y ya después se paseaban libremente. A mí me sacaron la mugre.

¿Por judío?
–Por judío. Un día iba saliendo del colegio y se me acercan como diez cabros, mucho más grandes que yo. “¡Judío de mierda, deberías estar muerto!” Me sacaron la mierda, harto rato, escupos, todo… Yo nunca le quise contar a nadie, ahora lo estoy contando porque…

¿Tu papá nunca supo?
–No, no le conté porque no sabía cómo iba a reaccionar. Como era bum-bum de la cabeza, capaz que me hubiera dicho “es culpa tuya también”. Seguramente me habría protegido, pero yo no me sentía seguro de eso.

YUPPIES Y MARXISTAS

En su momento te decían “el dramaturgo de la transición”, incluso alguien dijo “la voz de los 90”, porque mostraste ciertas cosas del Chile de los 90 un poco antes de que se volvieran lugares comunes para hablar de esa época.
–Sí. El origen de eso fue que a mí me impresionó mucho que Fernando Flores, exministro de Allende, se fuera a Estados Unidos y creara un programa llamado The Coordinator que usaba a Heidegger para hacer crecer a las empresas. De ahí salió “El Coordinador” (1993), donde se muestra cómo un hombre de izquierda se emboba con el capitalismo y cómo un hombre de derecha se emboba con la intelectualidad de la izquierda. O sea, todos los papeles cambiados. Pero yo no me dediqué a pensar sobre eso ni me sentía con la misión de escribir sobre Chile. Y votaba por la Concertación, pero sería todo, nunca quise ser su representante artístico, había muchas cosas que no me gustaban. Yo escribía nomás. ¿Y sabes qué? No quiero explicarme.

¿Por qué?
–Porque me puedo trancar.

Quizás anticipaste un poco ese discurso crítico por tu fobia a los yuppies, y a todo ese lenguaje del marketing y del management que en esos años se tragó a las estéticas de izquierda.
–Eso sí. Yo por edad no alcancé a ser hippie, llegué justo tarde, pero me hubiera encantado. Todavía veo los videos de Woodstock, los gallos tirándose al barro, disfrutando en esos espacios medio ruinosos, porque la propiedad es un robo. Y llegaron los yuppies que eran todo lo contrario: zapatillas, Steve Jobs, modismos gringos, mucha plata, Piñera. Pero yo nunca dije que esas cosas me emputecían, solamente las ponía en escena. Es como “Martín Rivas”, de Blest Gana, que muestra a chilenos afrancesados como si no hubiera crítica, pero hay crítica.

Pero tú no mostrabas a los ejecutivos top, sino a los integrados de clase media que trataban de avivarse con movidas truchas, un poco los Garay o los Chang de ahora.
–Sí, ahí me adelanté. Yo siempre he trabajado con la pequeña burguesía o la burguesía, porque a la aristocracia no la conozco. Y me gusta rescatar a los seres humanos que parecen no estar diciendo nada pero al final están diciendo algo, a esos los quiero. Pero a los que cantinflean para adquirir una posición social, a esos les doy duro, porque son los ignorantes. Y no es que les exija que estudien a Husserl ni a Spinoza, pero sí tener un pensamiento interno que les dé coherencia a sus vidas.

¿Dónde te ubicas en el conflicto generacional que ha planteado la crítica de los jóvenes a todo lo que fueron los 90?
–En la perplejidad, primero que nada. Yo entiendo que Pinochet era mi problema y ahora el problema es otro, en eso estoy con los jóvenes. Pero dicho eso, hay ingratitud. Los 90 a nosotros nos salvaron, eso hay que decirlo. Hubo yayitas feas, pero nos libramos de cosas mucho más feas. Entonces no se puede condenar a pura consigna, hay que estudiar un poco, leer buenos libros, ver buenas películas, hacer cosas con contenido. Ahora han aparecido unos cuantos intelectuales que no están mal, pero se olvidan de algo: no estarían donde están si no hubiera habido ese paseo por el desierto que fueron los 90. No estarían ahí. Yo fui vocal de mesa para el plebiscito y tenía cuatro milicos al lado mío, ¿te imaginas si hubiéramos renunciado a salir de eso? Por supuesto que los políticos chilenos son burgueses y ahora estamos viendo que además tienen plata. Pero lo que crearon, lo que creó el ejercicio de la política chilena con líderes que tenían mucha cabeza, sacó a toda la sociedad de un lugar muy indeseable.

El problema es que eso ya fue.
–Entiendo eso, pero les pido que estudien más para entender de dónde vienen y para salir a la calle a pedir cosas que se entiendan. Mis alumnos se ríen de mí, cuando salió la Bachelet la primera vez me decían “¡bacheletista!”, como si fuera un escupo. Bueno, yo valoro cosas que ellos no valoran y, al revés, quizás no valoro cosas que ellos sí. Pero hablar bien entre distintas generaciones requiere educación. Eso pasó en Mayo del 68 porque lo lideró Cohn-Bendit, que tenía una cabeza de la puta madre. Y cuando les estaban tirando piedras a los pacos, Pasolini se subió a una tarima y dijo “¡dejen de tirarle piedras al proletariado, cabros culiaos!”. Y Pasolini era marxista puro. Yo no soy marxista, pero ahora escribí una obra que es el desquite de Marx contra el Chile de los yuppies, “Karl Marx Año Zero”. Déjame avisar que se estrena en noviembre en Santiago y en enero en Londres.

¿Y de qué se trata esa venganza?
–Es un Marx chileno que vive en Bellavista, brillante, todos lo adoran, el pueblo le pide que sea candidato presidencial y él no quiere. Pero un día, por una cuestión de humor, empieza a hacer campaña. También está Engels, que es un empresario viñamarino. Y está la gran contradicción de Marx, que fue bastante infiel, pero la más dura fue cuando dejó embarazada a la empleada y Engels se hizo cargo de la niña, porque Marx era más pobre que una rata y porque su esposa no se lo aceptó. Ahora, ¿cuál es la venganza? No te lo pienso decir.

También te decían “el dramaturgo de la posmodernidad”. ¿Cómo te llevas con esa palabra?
–Al principio me cargaba, pero después estaba feliz.

¿Por qué?
–Porque llegaba a los lugares y decía “oye, ¿ustedes saben que yo soy el dramaturgo de la posmodernidad?”. ¡Ja, ja, ja! Pero también me gustaba porque yo pensé que con mis obras iba a tener mujeres, pero jamás pensé que especialistas se iban a preocupar de mí. Me siento muy orgulloso de eso, porque mis obras son fantasías que se me ocurrieron en Traiguén cuando era un mocoso. Entonces, sentado en una butaca parisina en el estreno de una obra, y viendo a los franchutes decir “oooh”, yo por dentro me río. Los directores se enojan cuando me río de mis obras, ¡pero me da risa!

Te lo preguntaba porque este descrédito de los 90 ha ido de la mano con un descrédito de lo posmoderno, de lo elusivo. Hay más ganas de volver a rayar la cancha, de tener a qué agarrarse.
–¿Ayudar a la gente a sentir la verdad? No tengo ganas de hacer eso. Lo dice David Mamet y lo dice Aristóteles: nosotros trabajamos el material de la mentira. La Monalisa tiene 400 millones de interpretaciones, pero no hay ninguna verdad ahí. Es una gran maravillosa mentira que te puede dejar pensando en algo que te contenga y te ayude en el corazón, pero vuelves al otro día y hay otra cosa en esa sonrisa, que es la sonrisa del arte. Yo hoy día quiero volver a escribir desde ese punto: no saber qué decir. Necesito que me descoloquen, está muy fome todo. Así que eso voy a hacer con mis obras ahora: que el espectador lo pase bien, pero se enfrente a la soledad de no saber qué decir.

EL ÚLTIMO MONÓLOGO

¿Cuántas veces te has ganado en el Festival de Cannes?
–¿En mi cabeza? Diez.

¿Sólo te ganas el de Cannes?
–No, me he ganado el León de Oro de Venecia, me gané Leipzig, que es un festival la raja, el de Berlín no me gusta mucho pero también me lo he ganado, el de La Habana… No, he arrasado con todo. El de Huelva no, porque es una rasquería.

¿Los ganas en calidad de guionista?
–Mejor película, mejor director y mejor guionista.

Matucana 100 te está postulando, ya fuera de tu cabeza, al Premio Nacional de Artes Escénicas. ¿Te gustaría ganarlo?
–Ya me lo gané. En una clase en la U. de Chile pedí un aplauso cerrado por mi nominación, y ya actúo como un Premio Nacional. Y la verdad, me encanta este premio, porque te ubica en la tradición literaria chilena y pasas a ser un escritor obligatorio en las escuelas. Así que voy por buen camino.

De todos los elogios que has recibido alguna vez, ¿tienes un favorito?
–Sí. “No sabís lo que dicen de ti”. Ese fue el number one.

¿Y crees que la vida sea un juego de ganadores y perdedores?
–No, para nada. A veces la derrota te sana. Por ejemplo, creo fervientemente que es más bonito ser abandonado que abandonar. Y lo digo porque he vivido las dos cosas. La derrota es un momento filosófico precioso, tiene que ver con las cosas que encapsulamos y las que vamos dejando de lado. Capaz que después de la derrota ya no quiera ser famoso. En todo caso, a mí me fascina que me aplaudan, pero también me doy cuenta de que es patético. ¡Si es patético! Y sé que muchos me pelan por decir estas cosas, pero me sale natural, qué le voy a hacer.

¿Quiénes te pelan?
–Los que trabajan las obras de “los márgenes”, los hijos de Radrigán, esos me pelan. Radrigán no, él se portó muy bien conmigo, fue el primero en decir “este es el mejor de los jóvenes”. Pero los hijos de él, que son más radicales, aunque Radrigán escribía mil veces mejor, esos me pelan porque soy un “posmoderno burgués”.

Que juega a lo subliminal y no se hace cargo de las urgencias de la realidad.
–Bueno, pero cuantas grandes obras y grandes películas no van directo al tema y sanan mucho más. Bergman trata problemas tan complicados que entonces tendría que haber hecho películas de enfermos mentales. ¡No, pues! Esos eran los viejos prejuicios de los estructuralistas, que cuando yo estudiaba Filosofía [en la U. de Chile] eran grito y plata y que gracias a Dios fueron sepultados como movimiento.

¿Es cierto que en esos años Humberto Giannini te impulsó a la dramaturgia?
–Mucho, mucho. Yo ya escribía teatro, pero él me incentivó. Y tenía mucha paciencia conmigo, porque yo en clases no podía estar sentado y los otros alumnos se quejaban. “Déjenlo, es así”. Y un día me dijo “mira Benjamín, anda a leer los diálogos socráticos de Platón, ahí está la dramaturgia”. Toda la razón: ahí está la dramaturgia. Y en la Biblia, que para mí es el mejor de los guiones. Mi diálogo favorito es cuando Pilato enfrenta a Jesús y le pregunta: “¿Así que tú eres el rey de los judíos, ah?”. Y Jesús le contesta: “Tú lo has dicho”. Yo les digo a mis alumnos, “ya, ¿cacharon lo que son los diálogos?”.

¿Y tú crees en algún tipo de salvación?
–Creo en una salvación intermitente, sólo por momentos.

¿Y en que todas estas cosas hagan posible algún progreso moral?
–No, eso no avanza. Ya en la época del esplendor griego, a pesar de tanta brillantez y tanta genialidad, la moral no mejoró. Y desde entonces, lo que hay son mitos que se repiten y palabras que todavía no comprendemos. En una obra teatral de Sartre, un mendigo dice “estamos condenados a ser libres”. Yo creo que esa frase está en la cabeza de todos los seres humanos, pero no sabemos qué quiere decir. Y de repente aparecen los místicos, que son momentos bonitos para la humanidad porque se analiza el mundo de otra manera. En la Cábala, por ejemplo, dicen que el verdadero Dios le da la espalda al mundo. Hay otro que está de frente y negocia con todos, ese es como Insulza cuando era Panzer. Pero el Dios verdadero no quiere saber nada con la Tierra. Entonces, el día que ése se dé vuelta, voy a creer en la humanidad. Por el momento me atengo a lo que mi jefe hace: él está de espaldas.

Dices que con Raúl Ruiz llegaron a la conclusión de que ser chileno y ser judío es lo mismo.
–Exactamente.

¿Es por eso, porque sus padres están de espaldas?
–Por eso somos judíos y por eso somos chilenos. Kafka, por ejemplo, es un huacho chileno absoluto, por eso lo quiero tanto… Mira qué bonito, porque con todos estos rollos con el papá se crea como una cofradía de hermanos, que es la que yo tuve con Raúl Ruiz, con Fernando Arrabal, con Jodorowsky, que tiene un rollo terrible. Empezábamos a hablar y cada uno contaba, “a mí me sacaban sangre”, “a mí me metían no sé dónde”. Y más encima los hueones están de espaldas. ¡Están enojados, fíjate!

Aun así has dicho varias veces que estás persiguiendo el último monólogo de tu padre.
–Sí, para poder salvarme del dolor de ese momento. Porque según lo que cuentan, él agonizó harto rato. Y habló, dijo cosas. Como que dejó mensajes, pidió que cuiden a sus hijos… Eso me sensibiliza mucho, me duele más su agonía que su muerte. Entonces en mis obras estoy tratando de llegar a ese punto, pero que sea verdadero, tiene que ser verdadero. Y para llegar a eso no lo puedo hacer tal cual. Tengo que lograr repetir ese discurso, pero de una nueva manera.

OBRAS COMPLETAS II
Benjamín Galemiri
Uqbar, 2017, 556 páginas

GALEMIRI. Ensayos críticos
Varios autores
Ediciones UC, 2017, 198 páginas

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