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Déjala Sangrar: homenaje a las tablas

Por Francisco Zambrano

Mientras las luces se apagan todo comienza a confabular para hacer de esta obra de Galemiri un espectáculo de los que pocos quedan. La pantalla que respalda al escenario comienza a dar señales de que este homenaje a las tablas dará inicio y aparecen en escena tres damas de blanco con igual vestido y apariencia cual coro griego que comenzará a relatar la tragedia de Virna Vigó.

Nos situamos en el contexto del plebiscito de 1988 que pondrá fin al Gobierno Militar.

Acompañadas por el vestuario violento, de colores marcadamente selectivos, usando el blanco y el negro dando a entender inmediatamente la diferencia de los personajes, las luces y el sonido explotan en la obra cual bomba destinada a asesinar a Mijail Kapriski en la noche de los acontecimientos.

La historia de amor y sexo que se entrelaza en los personajes es una muestra evidente de lo electrizante y agitado que se transforma esta obra dramática dirigida por Adel Hakim. Los personajes se mueven no sólo en la escena, sino en el tiempo rememorando sus nombres de chapas como si éstos los guiaran hacia su pasado más recóndito. Está presente, explícito, el control de uno sobre otro, la manipulación, el ejercer el poder, tanto en lo sexual como en lo revolucionario.

Oyendo la sirena de la policía que rápidamente acudirá al lugar por la explosión de la cual debió haber sido víctima Samuel Undurraga, (conocido por su nombre de chapa, Mijail Kapriski) según instrucciones de Theda Godard y Simon Tolkathov (miembros importantes del Comando Central de la Revolución que supuestamente son traicionados por Kapriski). La acción se torna más acelerada y las emociones que experimentan los personajes -y por extensión el público- se revolucionan hasta un clímax inesperado y una catarsis que produce una reacción que no había visto en ninguna representación anterior.

Verdaderamente, después de finalizado el monólogo de Virna Vigó, denunciando de forma realmente espeluznante el abandono de sus “pares”, el público, sentado en sus butacas inmóvil, no atinaba a aplaudir, ni a respirar, ni si quiera a parpadear por la bofetada moral que Galemiri le propina a los espectadores.

Galemiri deja en vergüenza a quienes no dudaban en dirigirse al pueblo señalando las injusticias de un Sistema Global, condenándolas con el dedo en alto y el pecho vociferante y, codo con codo, actuando en contra de éstas. Sin embargo, gente como Virna Vigó se ve abandonada por quienes no habría dudado en dar la vida. Los que le enseñaron a cantar odas a la Lucha de Clases se olvidan de ella, relegándola a la Isla de Chiloé a dirigir a un grupo subversivo por Internet.

Son estos tres burgueses quienes con un poco de inteligencia, o más bien de oportunismo se acomodan al sistema y logran mantenerse vigentes ocupando cargos de confianza en la nueva nomenclatura social-demócrata, siendo cómplices de un sistema que lucharon para derrotar. De esta manera, traicionan sus principios más profundos dejando a la única que fue consecuente con su penosa suerte.

Así, quienes ocuparon y ocupan los más altos cargos, gracias a una sagaz y minuciosa habilidad oportunista, vuelven su mirada ante sus ex subordinados diciéndose entre ellos: “Déjala Sangrar, Déjala Sangrar, ¡Déjala Sangrar!”

He aquí una obra que plantea preguntas que la sociedad actual -en particular entre la gente de Izquierda, y no solamente en Chile, sino en todas las democracias socio-neo-liberales- ya no se pregunta más o teme hacerlo: ¿qué es lo que queda del concepto de revolución? ¿Qué es lo que queda de los ideales de Izquierda después del fracaso del comunismo institucional? ¿Es que acaso la Historia se detuvo verdaderamente después de la caída del Muro de Berlín y el triunfo del capitalismo, como asevera Fukuyama? ¿Los dirigentes de la Izquierda que han llegado al poder gracias a la social-democracia y que se han insertado en las élites influyentes, han traicionado las clases populares y se han auto-disuelto en una especie de hedonismo economicista y consumista?