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“El neo proceso”: amalgama de Kafka, Welles y Galemiri

Por Javier Ibacache V.

Basada en la novela póstuma de Franz Kafka y en la versión cinematográfica de la misma que dirigiera Orson Welles, “EL NEO PROCESO” se añade al interés de Benjamín Galemiri por apropiarse desde su universo dramatúrgico de grandes mitos y relatos universales.

Al igual que en “Tartufo” (Teatro Nacional, 2005) e “Infamante Electra” (Teatro Camino, 2006), revisita el original con múltiples referencias al Chile neoliberal de la transición política, desperdigando en el camino una abrumadora suma de didascalias, comentarios aparte y chistes sobre la contingencia que a ratos saturan el nudo argumental y difuminan su trascendencia.

En la versión – primera producción propia del TEUC de la temporada- , Joseph K. se transforma en un chileno medio que trabaja como ejecutivo de cuentas de un banco y que mientras disfruta de un paradisíaco premio como mejor funcionario del año es arrestado y sometido a un proceso judicial sin causa conocida.

El intento por clarificar los motivos de fondo da curso a un viaje iniciático, plagado de seducciones sexuales de mujeres de variado estilo (variantes de las féminas del original). El desarrollo adopta en la primera parte los ademanes de una farsa y deriva luego en un drama absurdo de tintes existenciales.

El marcado contraste entre uno y otro tono desnuda lo que la obra tiene de Galemiri y lo que tiene de tributo a la enrarecida y asfixiante atmósfera de la novela de Kafka, donde resulta teatralmente más interesante – por cierto- esta última.

Aun cuando el protagonista exhibe los códigos distintivos de “El seductor” (una de las creaciones emblemáticas del autor) y desplaza el conflicto de la condena hacia un padre autoritario y añorado a la vez (como en la mayoría de las piezas de Galemiri), la puesta alcanza sus mejores momentos en lo que tiene de kafkiana.

Para ello, la dirección de Paulina García convoca a un elenco de intérpretes con gran oficio teatral que se equilibran entre las dos vetas del texto. Marcial Tagle imprime carácter, perplejidad y hondura trágica a Joseph K. conforme transcurren las 2 horas de representación. En su logro es decisivo el complemento que encuentra en Gaby Hernández, Manuela Oyarzún, María Paz Grandjean y Rodolfo Pulgar, con quienes da cuerpo a las escenas más ricas en lecturas que permiten establecer paralelos, además, con la versión fílmica de Welles.

El sello de Paulina García no sólo se traduce en la limpieza de las interpretaciones (despercudidas de todo artificio extra actoral) sino también en la manera en que resalta en escena el diálogo entre los géneros, donde parece imponerse el femenino, como lo insinúa el hecho de entregar la lectura de las didascalias primero a María Paz Grandjean y luego a Gaby Hernández, suerte de voces omnipresentes y definitorias del relato.

El diseño escenográfico de Ramón López matiza la monumentalidad con los juegos laberínticos de perspectiva y – al igual que el conjunto- se vuelve portentosa en la segunda parte.