Skip to content

Mi vida como un tribunal

Por Benjamín GALEMIRI

ESCENA 1: ORIGENES

Si hubiera que hacer un racconto exhaustivo de mi vida, tendría que contar que todo comenzó en Egipto y luego en los cuarenta años de errancia en el desierto, después de la salida de Moisés con el pueblo elegido.
Trataré de ser más modesto, y diré que luego de la dramatúrgica expulsión de los judíos de España en 1492, mis antepasados llegaron, después de errar por otros países, a Turquía, donde vivieron en paz por algunos siglos.

En Esmirna, mis abuelos, pudieron educarse en el conocimiento de la Torá, también, en el idioma francés, gracias a la ayuda de la familia Rotschild, aristocrática familia judía francesa que ayudaba a la pobre comunidad judía de Turquía, a cambio de que aprendieran el francés, hasta que las constantes purgas entre griegos y turcos, y el antisemitismo latente, obligó nuevamente a errar a mis abuelos hasta llegar al país más lejano de América, Chile.

Allí llevaron adelante una vida dedicada al comercio y a la actividad religiosa.
Mi abuelo materno, fue un jajan, un religioso y profundo estudioso de la Torá, una fuerte influencia para mí. En las ceremonias en la Sinagoga era el jazan, es decir, oficiaba en cánticos, profunda reverberación mántrica religiosa que seguramente heredó mi madre reflejada en su pasión por el canto sefardí. Huellas de esa extraña influencia brotan en mi escritura.

ESCENA 2: LA LEY, LA DRAMATURGIA

Estoy enamorado de mi biografía. Soy un narciso declarado, y me apasiona hurgar nuevamente aspectos desolados o exultantes de mi vida. En cada obra nueva, entrego un detalle más escabroso de mi historia, y mientras más ilumino los detalles familiares de mi existencia, más se ensombrecen otros.
Sé que he contado esto quizá demasiadas veces, pero siempre descubro un nuevo ángulo: yo vivía junto a mi familia, en un inmenso caserón en el sur de Chile, en Traiguén, mi padre tenía su consulta de abogado en el primer piso. Obsesionado por ese progenitor electrizante, yo me colaba en su oficina, y lo espiaba mientras preparaba sus alegatos futuros ante la corte:

La noche del crimen, señor Brener, usted fue sorprendido con una Luger entre sus manos aún fétidas de pólvora. ¿Es así o no?

-Protesto Usía, el abogado querellante con expreso retorcimiento está manipulando los hechos. El acusa a mi defendido de ser un criminal, yo le digo usía, ¿quién no es culpable en este tránsito por la tierra, dígame, por el amor de Dios, quién?

“Manipulando los hechos”, “¿quién no es culpable en esta tierra?“, eran frases comunes en la boca de mi padre.

He dicho muchas veces pero cada vez es más verdad, que el esmerado y barroco uso del lenguaje de mi padre, el amor desmesurado que asignaba a las palabras, pero sobre todo su trepidante carácter (con tempestuosos y cambiantes estados de ánimo) me enseñó lo que era la dramaturgia. Parece una paradoja tragicómica afirmar que la violencia de mi padre ejercida a través del uso de la correa, símbolo del patriarca chileno, me enseñaron lo que era la escritura. Mientras bajaba la correa hacia mi espalda, mi padre monologaba: “¿Por qué me obliga a pegarle, no ve que soy una criatura agobiada y asediada por los problemas y la angustia?”

En medio de su tempestuoso y cinematográfico carácter, mi padre era capaz de hilvanar frases casi de dimensión euripidiana.

 

ESCENA 3: EL CINE

Viví dentro del cine rotativo de Traiguén. Vi diez mil películas en mi infancia, y como las bobinas se enredaban y se quedaban atascadas en Temuco o Victoria, vi mucho cine cruzado y confundido. Cantinflas, Antonioni, James Bond, Leone, Fellini, Jerry Lewis, René Clair, las películas del colegio, cine chileno de los sesenta, cine mexicano. Yo me forjé con una lógica ilógica narrativa, salía a la calle, y Traiguén era un western, los mapuches eran los bravos indios sioux en pie de guerra, los terratenientes eran los vaqueros, sentía en el ambiente la sublevación, los baleos.
Escribo con las reglas del cine, superpongo locaciones y géneros. Soy un cineasta frustrado que intenta hacer películas de Hollywood y de cine arte en una misma cocktelera a través de la dramaturgia.

 

ESCENA 4: MUJERES

A los cinco años tuve impulsos sexuales claros hacia una dama, la más parecida a Romy Schneider en Traiguén. Algunos incrédulos, sostienen que esa muchacha más se parecía a Virna Lisi. Pero en definitiva, qué no hice para atraer su atención, seguí un curso por correspondencia de hipnosis, ensayé con mi hermana, y ella me hacía creer que yo era el hombre más sexy de América Latina y el Caribe. Esa necesidad obsesiva de agradar a las mujeres está presente en mi dramaturgia, como también el deseo de tener un padre a cualquier precio.
Soy un dramaturgo huérfano de padre y esclavo de las mujeres, y eso se paga con miles y miles de hojas.

Pero deseo aclarar aquí que soy un buen esclavo.

ESCENA 5: EL JUDAÍSMO

Así como todo lo que soy viene de lo chileno, todo lo que pertenezco viene del judaísmo. Mi primera lectura y mi última lectura siempre fue y será la Biblia.La intensidad, la aventuras más sagradas y al mismo tiempo deplorables, las encuentro en la Biblia. Todo lo de pusilánime, trepidante, erótico y encendido lo encuentro en los relatos de la Torá, que para mí son permanentes, y pienso que vivimos hasta el día de hoy épocas bíblicas.

El concepto de culpa e inocencia que me invade durante el día, en el que amanezco sintiéndome culpable, y a través de las acciones y sobre todo de las palabras, intento sentirme inocente, hasta que otra vez la culpa se instala en mí, es un reflejo cultural bíblico. Pero lo bíblico sólo tiene sentido cuando hace sistema con Chile.

ESCENA 6: EL HUMOR

El rol del humor en mi vida y en mi dramaturgia es equivalente al rol del humor en mi familia. Los verdaderos poetas cómicos son mis tíos, quienes no sabiéndose cómicos, ponen “en suspenso” todo el orden moral de la sociedad burguesa a través de sus observaciones plagadas de una lengua manierista y ácida. El humor de mi familia es sobre la destrucción y construcción del lenguaje.

ESCENA 7: DIOS Y MOLIERE

El primer dramaturgo que leí fue en rigor Dios, cuando descubrí el Antiguo Testamento: “Y Dios vio que el mundo estaba en tinieblas, y entonces hizo la luz, para separarla de la noche”. «Al principio fue el verbo.”

Pero el primero de la era clásica, fue Moliere. Cursaba mis estudios en la Alianza Francesa, y caí en estado hipnótico. Yo era el lector oficial de las obras teatrales en la Alianza Francesa, las leía y actuaba en voz alta, y mi preferida era “Tartufo”. Jean Batiste Poquelin decía todo lo que siempre pensaba de los demás, y procedía con una impudicia y chispa que envidiaba y observaba a los seres humanos como máquina de rayos x. En todas mis obras hago parodias y homenajes a Moliere, pero sobre todo en “El Seductor” hice mi Moliere personal.

ESCENA 8: FRANCIA

Ya les conté que mis abuelos se educaron en el muy refinado Alliance Israelitte Universelle de Turquie, por lo que fue algo absolutamente natural para mi padre inscribirnos junto con mis hermanos en l´Alliance Francaise de Traiguén, primero, y luego en l´Alliance Francaise de Santiago. Soy un snob profesional, toda mi vida he luchado por ser un poco francés, todas mis obras están recorridas por esa sed “afrancesada” y colapso de felicidad cada vez que me traducen a ese idioma. Aprendí demasiadas cosas de los franceses como para ignorarlas, y mi deslumbramiento con Moliere, Racine y Corneille fue sólo el prolegómeno cuando quedé absolutamente choqueado al descubrir el cine francés: primero, el cinema de qualité francais, yo era el jefe cine-club en el colegio, y proyectaba filmes de Marcel Carné, Jean Renoir, Jean Gabin, Michele Morgan (mi primer amor cinematográfico), y luego la nouvelle vague que me dio vuelta la cabeza, con Ana Karina (mi tercer amor cinematográfico, ya les contaré cuál fue mi segundo y mi cuarto amor). Tengo una debilidad terrible por la cultura francesa, y encuentro todo bueno, incluso lo malo.
Esa ambivalencia está en mis obras, con mis personajes que aspiran a una cultura pequeñoburguesa y que suponen les dará poder. Al mofarme de ellos, de estos neo-tartufos del siglo XXI, del primero que me estoy mofando obviamente es de mí mismo.

ESCENA 9: EL PADRE O LA INOCENCIA Y CULPABILIDAD

Cuando les decía que mi paroxístico progenitor llevaba el ambiente judicial a la casa, no estaba bromeando en absoluto. Sentados en la mesa a la hora de la comida, mi padre, más parecido a Orson Welles que a Richard Widmark, en sombras y en contrapicado agudo, con todos nuestros más mínimos gestos o comentarios que eran enjuiciados por el temperamento abrumado de mi agobiado padre. Pobre, estaba harto de ser quien era, como Borges, y sólo reposaba de su manía profesional y emocional cuando yo, en un acto de arrojo temerario y absolutamente irracional, osaba imitarlo.

Si fue la Biblia la que me salvó la vida, fue la dramaturgia la que me recuperó a mi padre: la imitación de su personalidad en los cientos de espeluznantes y fascinantes detalles de su ser, me devolvieron un padre liberado de sus percutantes obsesiones y el sólo hecho de escuchar su risa o su mirada aprobatoria me decidieron a ser un escritor.

Yo amaba y temía horriblemente a ese ser humano escalofriante y al mismo tiempo seductor llamado “mi padre”, y que tuvo la osadía maravillosa de financiarme ¡un curso por correspondencia de cine a Hollywood!”.

Cuando yo tenía quince años, dos años después de haber hecho el barmitzbá, que es la ceremonia de iniciación judía, mi padre se estrelló en su auto camino a Victoria, y agonizó durante varias horas.

La agonía de mi padre es la que quiero entender alguna vez. No su muerte. Mi dramaturgia intenta desentrañar en esa agonía, esas horas delirantes de mi padre, lejos de mí, y hablando como solía hacerlo, con total y escrupulosa lucidez, despidiéndose y estructurando su última obra teatral, que sé, hubo testigos, fue la más hermosa y la mejor construida de todas, la que yo aspiro alguna vez llegar a hacer, y así, liberarme de esa inmensa culpa.

Mi padre, hasta en el momento de su agonía, me enseñó más dramaturgia que toda la Poética de Aristóteles.

Así como amaba pero temía mucho a mi padre, que es mi parte de tragedia con sus sombras acentuadas, adoro a mi madre, que es la pura comedia, y que para mí es como tener a María Callas en mi vida, con sus cantos sefardíes y su luminosa forma de ver la vida. También mi madre me ha enseñado lo que es la dramaturgia, pero sobre todo, lo que es la vida.

ESCENA 10: CHILE

Chile es el gran set de mis obsesiones.

En la «Alianza Francesa», cuando escribía mis cuentos en francés, los profesores parisinos me lo devolvían con el siguiente comentario: “Exceso de chilenismos“.

Encuentro muy estimulante el personaje del farsante, del hablador predicador que intenta levantar una lengua sagrada cuando en el fondo es una lengua enmascarada de mentiras. El chileno es un poco mentiroso, como el dramaturgo. El ejercicio del sofista, que levanta discursos falsos para engañar.

Decir mentiras para decir verdades, decir verdades para decir mentiras. El juego de las verdades y las mentiras, el agobiante sentido del humor, los arrestos autoritarios, la lucha por el poder entre hombres y mujeres y el deseo de agradar a “la cultura”, son señales de lo chileno que están en todas mis obras y que la recorren intensamente.

A través de mis obras logré mi meta snob: traer París a Chile. Pienso que la época de los artistas yendo a París ya pasó. Ahora, propongo un nuevo tipo de snobismo, más cómodo, mas remolón, pero más cálido: trasladar París al Tavelli.

ESCENA 11: LA FILOSOFIA

A mediados de los setenta, estudié filosofía para sentirme más elegante en un mundo obscuro, la época más infausta de nuestra historia, pero también, porque las muchachas de Licenciatura en Filosofía tenían una personalidad volcánica. Finalmente terminé casado con una filósofa, también artista visual, porque me encantan las muchachas guapas que te hacen la vida desafiante.

La filosofía te permite conocer mujeres. La filosofía es como entrar al templo Shaolin, y salir cambiado. La filosofía es como entrar a la Tierra Prometida.

Nunca serás el mismo después de haber estudiado la filosofía antigua. Nunca serás el mismo patán después de haber leído a Spinoza. Un sólo diálogo de Platón es más dramaturgia que todo Chéjov.

A través de mis obras, he intentado instalar un discurso tramposo, lo sé, del que aspira a transformarse en una lengua sagrada o filosófica.

“El cielo falso” o “El tratado de los afectos” es mi respuesta a “Gorgias de Platón ” o la “Etica” de Spinoza.

¿No les dije que era un snob profesional?

ESCENA 12: SEXO Y PODER

Veo la política desde una perspectiva erótica. Veo el erotismo desde una perspectiva política. El día que el hombre y la mujer depongan su lucha por el poder al interior de la pareja, esta sociedad se mejorará.

La vida sexual de las mujeres y de los hombres es el sustento filosófico de nuestra forma de conducta de poder en nuestras sociedades.

Estoy muy ocupado en comprender la lengua erótica para entrar en el lenguaje sagrado entre hombres y mujeres que al año, dura catorce segundos, no más, pero ese es el paraíso. La lengua religiosa: Adán y Eva entendiéndose, aunque sea una comprensión precaria y fugaz.

Ahora paso a narrarles que mi segundo amor cinematográfico fue Mónica Vitti, y el cuarto, Claudia Cardinale.

ESCENA 13: JERRY LEWIS

Cuando digo que Jerry Lewis es un genio del cine, la gente me observa incrédulo. Era un niño en Traiguén cuando vi «El Botones» y luego “El profesor chiflado”, y salí enamorado de ese cineasta contestatario, revolucionario, adelantado y magnético. Lewis fue el primero en instalar el concepto de “destrucción del lenguaje” en el cine americano. Antes que Woody Allen, antes que Mel Brooks, y mejor que Groucho Marx. Lewis instaló además el tema del hombre y la mujer y el psicoanálisis en una sociedad post-capitalista. Lewis es el pre-Antonioni y el neo-Moliere. Yo no discuto aquí la genialidad de Antonioni (que adoro), lo que yo digo es que Lewis fue el primero. Es verdad que muchos confunden a Lewis con el que hace morisquetas o el amigo (enemigo) de Dean Martín, pero en verdad Lewis es el maestro que hizo “Tres en un Sofá”, “El Bocón”, “Smösgarsbord”, “Trabajando duro”, cintas que le valieron la admiración profunda del Cahiers du Cinema y la legión de Honor del Gobierno Francés. Y ya saben, los franceses saben de qué hablan.

ESCENA 14: FELLINI, ANTONIONI, BUÑUEL, GODARD, LOS WESTERNS, JAMES BOND Y LOS OTROS

Después de Lewis, Fellini me subyugó, cuando vi La Dolce Vita, casi me infarto. Pero lo que verdaderamente me impactó fue “Fellini-Saytiricón”. Creo que vi ochenta y siete veces esa película. En esa época, yo adoraba los westerns de Sergio Leone, y Godard, Buñuel, y James Bond. Tengo una visión ecléctica del cine y de la vida.

ESCENA 15: LIBROS

A mí me sedujo “El Quijote”. Ninguna novela que no tuviera humor podía atraparme como “El Quijote”, y por la libertad conceptual de su armado.

Me fascinaba Kafka porque para mí era un escritor cómico. Por eso adoré después el “Ulises” de Joyce. No paro de reírme mientras la leo.

Pasé una época bochornosa en que intenté ser poeta, afortunadamente para la Revista de Libros de nunca los publiqué.

Pero todos esos poemas neo-softpornos que escribí, los puse en mis obras, ya ven que reciclo todo, y lo reinvento en una obra de teatro.

Propongo una obra que haga un remake de nuestra vida.

ESCENA 16: EL CINE Y LOS SETENTA

En el pedagógico hacía cortometrajes, y lo que más me gustaba era hacer castings de actrices.

Logré pololear con al menos tres actrices de mis cortos. Los cortos eran horribles, pero todo lo que pasaba alrededor era divino.

Una de las actrices que elegí me acusó de ser excesivamente bergmaniano.

Ahora todas las actrices quieren ser bergmanianas. Bergman tenía razón: debajo de la política estaba el sexo y la religión.

El hombre y la mujer solos frente a Dios. La sola imagen me hace temblar pero me da esperanzas también.

Estrenaba mis película en los livings de las casas, y me daba premios a mí mismo. De alguna manera siento que hice el circuito de los festivales internacionales completo, y gané Cannes y Venecia, sin haberlo hecho.

En esa época filmé un corto “Mutis” y quise hacer un remake falso de “Aguirre o la Ira de Dios” de Herzog, a quién admiraba en esa época.

Después hice “El jardín de la selva” imitando a Kubrick en “La Naranja Mecánica”. Todas mis películas de esa época son la respuesta irresponsable y patética a grandes películas. “Mónica”, intenté hacer un “Ultimo tango en París” en el barrio Vitacura. Verdaderamente hice cosas sinsentido en esa época. Veinte años después, todo eso lo puse en mi dramaturgia y adquirieron sentido.

ESCENA 17: ARRABAL

Cuando conocí al dramaturgo Arrabal, tenía diecisiete años y caí literalmente en estado de trance. Protagonicé y dirigí “El arquitecto y el emperador de Asiria”, que puse en escena en el Chileno Francés durante varios meses.

La impresión que me produjo Arrabal fue sísmica. El inventó todo o casi todo.

ESCENA 18: LOS OCHENTA

Trabajé para Naciones Unidas como documentalista y guionista, y aprendí temas que en el colegio despreciaba. Al final, todos esos temas, los puse en forma irónica en mis obras.

Esa es el misterio de mi “sistema” dramatúrgico. Todo sirve. El artista del siglo XXI no sabe por dónde vendrá el milagro, por lo tanto debe convocar todas las influencias.

ESCENA 19: LOS NOVENTA

Me venían bien los noventa, para vomitar. Saqué esas obras una tras otra, sin importarme nada, yo era políticamente incorrecto, y nunca me importó.

Yo sencillamente me puse a escribir, y salieron esas obras. Hubo gente que me dijo que eso no era teatro, y la verdad, es que nunca pensé “hacer teatro”. Yo pensé que la dramaturgia era escribir como yo escribía.

El estado de alegría irresponsable que sentí es lo único que recuerdo.

ESCENA 20: SIGLO XXI

Escribo como si tuviera noventa años, recordando cada vez más mi infancia, y aferrado a mis tótems. Soy un viejo a los cuarenta años, y me alegro.

En la Biblia, un ser humano recién tiene derechos a los setenta años.

ESCENA 21: LA DRAMATURGIA COMO UN TRIBUNAL

Ya les dije que mi dramaturgia es una respuesta a mi sensación de culpa permanente frente a los actos fallidos que cometí o pensé que cometí frente a mi padre. Espero con ansias el día de la condena, y escuchar la palabra “Inocente” y dejar de vivir la vida como un tribunal, siendo juzgado eternamente por todos mis actos.

Más me vale no ser declarado inocente, porque entonces dejaré de escribir.

Hasta de eso me siento culpable

***